La Esfera de las Cenizas
(el final se encuentra donde jamás lo pensamos)
Los capítulos de esta novela están ordenados del último al primero, como han sido subidos semana tras semana al blog.
Les sugiero a los nuevos lectores (o a quienes deseen retomar la lectura desde algún capítulo en partícular) que se dirijan a la barra lateral derecha, donde encontrarán el índice, cronológicamente organizado.
Cualquier sugerencia, duda o contacto, pueden hacerlo a través del correo electrónico lordjuano@gmail.com
Aclarado esto, espero disfruten de la lectura.
martes 22 de marzo de 2011
2. Del Agua a las Llamas: Prólogo
miércoles 4 de noviembre de 2009
Planes inconclusos + adelanto
Pero a veces no se puede o no se llega, y aquel sueño que empezó hace casi 7 años -porque La Esfera tiene el principio de su propia historia allá por el 2002/2003- sigue inconcluso.
Tengo 11 capítulos bastante más largos que los de la primer parte, pero hasta que no le ponga el punto final a esta "hermana menor" no habré de postearla... y les aseguro, amigos míos, que para eso falta bastante... quizás este verano me dedique a terminarla (o avanzar lo más que pueda).
Pero no todas son malas nuevas. Por bancarme y esperarme... les dejo un adelanto que quizás les guste:
parece tenderte su mano,
te pide que esperes...
...solo un poco más. "
¿Intriga? Para mi bien, espero que sí...
UN ABRAZO A TODOS LOS QUE ME VISITAN...
viernes 21 de agosto de 2009
"La Esfera de las Cenizas" para descargar
domingo 12 de julio de 2009
Capítulo 32: Agua sobre las Cenizas
El castillo De Realis se veía como una mancha gris en medio del blanco paisaje. Tanto la nieve del suelo, como las nubes densas que cubrían todo el cielo, tenían ese color, haciendo que todo pareciera el interior de una inmensa perla.
Dentro del carruaje, Luna intentaba fijar los rostros de sus padres en su memoria. Algo le decía que no volvería a verlos, y que su lugar estaba junto a Federico, en De Nixedo.
Sentía una extraña inquietud, y por ello había partido del reino de sus padres sin preparativos, y con la protección de sólo veinte hombres.
El horrendo temporal los ocultó de los saqueadores y ladrones, pero también retrasó su llegada a destino unos cuantos días.
Al arribar, Pedro la recibió amablemente, y la ayudó a descender.
- Buenos días, Luna hermosa de noches infinitas – dijo mirándola a los ojos.
- Pedro, ¿ha regresado ya Federico? – contestó ella cortante. Su postura empalagosamente romántica la ponía nerviosa.
- No, pero debo informarte algunas cosas que él me confió – miró a los guardias reales y agregó: - …en privado.
Con una señal de Luna, ellos se alejaron de allí y se dirigieron a las caballerizas.
Junto con Pedro, se sentaron en un banco ubicado en los jardines, bajo los árboles que lucían esqueléticos, carentes del verde de sus hojas en primavera.
Ganando tiempo, el comenzó a relatar su llegada y supuesto intento de salvar al rey. Le comentó que Federico no había dejado vivir al asesino y relató brevemente el sencillo funeral de Benancio, que había ocurrido días atrás, en medio de una furiosa tempestad.
Ella seguía allí, escuchando las noticias con atención, mientras veía el aliento que salía de la boca de Pedro, como una fina nube que se desvanecía pronto.
Él miraba hacia el castillo con frecuencia, extrañamente nervioso.
Luna fijó su vista en la mano derecha del hombre.
- ¿Qué te ha pasado?, parece una herida bastante seria y reciente – exclamó.
- Sí, lo es. Un águila a la cual quise dar muerte con una de mis flechas me atacó enfurecida, y no llegué a defenderme. – alegó Pedro, esquivando sus ojos.
- ¿Qué motivo te llevaría a querer matarla en vez de amaestrarla? – la joven no era fácil de convencer.
El silencio de la ausente respuesta fue quebrado por un batir de alas. Un águila sobrevoló sus cabezas por encima del árbol bajo el que estaban. Dibujó tres círculos en el aire y abrió sus garras, dejando caer un objeto que refulgió con un rayo de sol que lo alcanzó, antes de perderse entre las ramas.
Aquello cayó con fuerza sobre la cabeza de Pedro, y luego al suelo. Luna no llegó a verlo, porque el hombre, furioso, exclamó:
- ¡Ay! ¿Qué diablos es…? – y le aplicó con fuerza el pie encima, reduciendo el objeto a pedazos.
Un grito. Un grito ensordecedor, desgarrador, capaz de helarle la sangre al más valiente de todos los hombres.
Pedro y Luna se miraron sólo un instante. Ella se sentía paralizada, él, satisfecho.
- ¡Federico!... ¡Me mentiste! – dirigió un dedo acusador hacia él, no podía parar de temblar - ¡Que los buitres devoren tus huesos! – lo maldijo - ¿Qué le has hecho? – Luego, se encaminó hacia el castillo, levantando un poco su vestido, para poder correr a toda prisa.
- He hecho lo que debía – se dijo a sí mismo el otro – y todavía no he terminado…
Cuando aquel salón majestuoso apareció frente a sus ojos no pudo evitar detenerse. La expresión de su rostro cambió, y el miedo dio paso al pánico de una verdad que parecía cernirse sobre el aire.
Rodeó la fuente y subió una escalera, decidida, como si conociera el lugar desde pequeña. Abrió puertas y recorrió pasillos completa y extrañamente desiertos.
Al pasar frente a un enorme ventanal, vio una colosal columna de humo que ascendía hacia el cielo. A lo lejos reconoció la caballeriza mientras se incendiaba. Cinco siluetas se alejaban cabalgando.
Presa del pánico, recordó una ocasión en la que Federico le había dicho sobre la perfecta vista de la caballeriza que tenía desde su cuarto.
Sus músculos le dolieron en el momento en que corrió hacia la puerta blanca, que estaba al final de aquel pasillo.
La abrió y allí se enfrentó con una imagen que jamás olvidaría.
Su amado yacía en la cama inmóvil. Un brazo colgaba inerte a un costado. Se acercó a él sin poder creerlo. Muerto. No respiraba, no tenía pulso, no reaccionaba.
Ella, devastada, se arrodilló en el suelo, a su lado.
Su dolor era tan grande que no notó el agua helada que empapaba toda la parte inferior de su vestido.
Acarició su rostro, y luego su cuello. Notó que el colgante, regalo de
Resignada, dejó la habitación: debía buscar ayuda… o correr lo más lejos posible.
No podría parar de llorar en días. Moriría llorando, si era la forma de volver a ver el más mínimo reflejo de Federico. Algo en su interior se encendió.
Llegó al Salón de las Escaleras y se encontró cara a cara con Pedro.
- ¿A dónde te diriges, querida mía? – dijo él, usando ese tono que tanto le repugnaba.
- Lejos de ti, ¡monstruo! – contestó ella. De entre los pliegues de su ropa sacó un espejo de plata; lo sostenía fuertemente con ambas manos.
- No darás ni un paso más. Serás mi esposa… ¡cómo siempre debiste serlo! – le gritó él, señalándola y mirándola con ojos fríos y violentos - ¡Mía!
Comenzó a ascender algunos escalones, pero su presa seguía inmóvil, con las manos en el espejo; y cuando estaba a punto de ponerle las manos encima, algo inesperado ocurrió.
Luna conocía aquella sensación. El mango se deslizó y zafó de su vaina ovalada.
La pequeña hoja penetró la mano herida de Pedro, que lanzó un salvaje aullido de dolor.
- ¡Nunca! – dijo ella, y corrió hacia una escalera que llevaba a algún piso superior - ¡Me privaste de Federico y no voy a ser tuya! ¡Jamás! -
Recuperándose, con la mano y el brazo chorreantes de sangre, intentó alcanzarla, pero no tuvo éxito.
La siguió de cerca hasta el piso superior. Había entrado en una habitación con una sola puerta y una ventana: la última de la torre norte.
El instante decisivo. Cuando él traspasó el umbral de la puerta, Luna lo miró por unos segundos desde la ventana abierta.
- Tengo pensado enviar a tu príncipe azul en una pira, río abajo – exclamó él -. Deseo con mi vida que lo veas arder sobre estiércol seco y madera – su mirada era fría y cortante, pero ella no apartaba sus ojos -. No... Jamás podrías hacerlo.
- Nunca subestimes a una mujer como yo, maldito Sir. – notó el efecto de aquel título en el rostro de Pedro – Porque las más indefensas somos aquellas con las alas más fuertes del mundo – se reía feliz.
- Veo que la desgracia te llevó a la locura – apuntó irritado él, como desafiándola.
lunes 6 de julio de 2009
Capítulo 31: Un asesino ladrón de rostros
Un silencio de muerte llenaba todo el castillo, y mientras el frío invernal avanzaba lentamente por los pasillos y salones, el rey Federico De Nixedo agonizaba en sueños.
Habían tardado tres días en encontrarlo, allí en medio del bosque cercano al castillo.
Su rostro, consumido y sudoroso, tenía una terrible expresión de contiguo dolor: la herida en su pecho no cicatrizaba, y la quemadura en la palma de su mano no lo dejaba escapar del estado febril.
La criada encargada de reemplazar los paños húmedos sobre la frente del joven, había pedido que trajeran una vasija con agua helada en la cual empaparlos.
Con esmero, introdujo el paño y lo escurrió un poco. En cuanto tocó la frente del rey con él, este se movió.
- Luna – susurró. Había vuelto en sí – Debo verla.
Desesperada, la mujer se alejó de allí y salió al pasillo.
Al parecer, encontró a alguien, porque a los oídos de Federico llegó su voz lejana, pero inconfundible.
- ¡El joven ha despertado! Nombró a la princesa De Realis -
Aunque el intenso dolor en el pecho le nublaba la vista, logró ver varias siluetas oscuras que rodearon su cama y alzó un brazo hacia ellas.
- Deben prevenir a Luna. – sus palabras eran esforzadas – Díganle que busque… - sin soportarlo, cayó de nuevo en la inconsciencia, y un sudor frío comenzó a correr por su frente.
Del otro lado de la puerta, la mujer oía atentamente una voz monótona, mientras su mirada estaba fija en un punto lejano.
- Lo inevitable no puede combatirse, pero sí acelerarse. – aquellas palabras fueron susurradas al oído de la mujer, que luego de oírlas, volvió a la habitación.
No reparó en el sudor frío del joven, ni en el viento helado que había abierto la ventana, y ahora llenaba el lugar.
Miró la vasija como si la hubiera descubierto en ese momento. Poniendo el pie sobre uno de los laterales la volteó, y toda el agua helada se extendió por el suelo de piedra desde allí hasta la puerta.
La misma ráfaga helada azotó en la cara al hombre que se acercaba cabalgando, por los terrenos cubiertos de nieve, hacia el castillo. Otro, vestido con ropas de batalla, de porte imponente y penetrante mirada fría lo había estado observando y bajó a recibirlo.
El recién llegado no lo reconoció, hasta tenerlo al lado de su caballo.
Descendió de él y sin inclinarse, se dirigió al hombre en un tono que le desagradó.
- Sir Pedro – exclamó el mensajero – deseo ver al rey. Tengo un mensaje urgente de su prometida: debo comunicárselo.
Indignado, Pedro no pudo pasar por alto aquella falta de respeto.
- ¿Quién eres tú para llamar Sir al mismísimo Rey de Sarvelium? – su mano apretaba con fuerza el pomo de la espada.
- La princesa Luna me explicó que ese es el título que Lord Federico le había otorgado en su reino, por intentar salvar a su padre – se excusó temeroso el otro.
Serenándose, y con una extraña sonrisa en el rostro, contestó al hombre sobre Federico.
- En este momento Lord Nixedo – enfatizó irónico el título – se encuentra en una excursión, y volverá en unos días – mintió -. Así que puedes dejar en mis manos cualquier mensaje de Luna, que yo se lo haré llegar.
Con miedo de volver a irritar a Pedro, el mensajero obedeció aquella sugerencia cual si fuera una orden directa.
- La princesa se dirige hacia aquí y llegará aproximadamente en cuatro días.
- Bien. – la sonrisa de Pedro se acentuó – Regresa con ella, dile que la estoy esperando, y que mi lord no tardará en regresar.
Luego de una reverencia, el mensajero montó y se alejó de allí. Mientras abrevaba al caballo, y se aprovisionaba para el viaje de regreso, alguien le seguía los pasos.
Cuando salió a la llanura gélida, su grito de muerte fue cubierto por el fuerte viento, y su sangre tiñó de rojo la nieve bajo su cuerpo.
Aunque el mensaje era falso, podían peligrar varios planes, urdidos con precisión sobre De Nixedo, semejantes a una inmensa telaraña invisible.
El asesino miró al cadáver por un momento.
lunes 29 de junio de 2009
Capítulo 30: La tarea de los visitantes
El rey tenía en la mano una copa rebosante de vino.
Por sus venas corría tanta satisfacción como sangre, y sentado en su trono de ópalo y rubí, esperaba más de una visita.
Había sabido mantenerse al margen de todo y ahora cosechaba los frutos de su espera.
Un relincho se escuchó lejano, fuera de aquel recinto.
No se sentía impaciente en absoluto.
Pocos minutos más tarde, los pasos de uno de sus hombres resonaron en la escalera de piedra que descendía hasta allí.
Postrándose ante él, se quitó la capucha, el yelmo y saludó solemne:
- Mi señor, he vuelto de mi viaje con noticias maravillosas. Todo ha salido como supusiste.
Arqueando sus labios en una sonrisa plena de gozo, el rey instó al hombre a seguir hablando con un movimiento de su mano.
- Los bárbaros fueron derrotados en De Realis y Dálagot pereció bajo el filo de la espada del Príncipe Federico. – enumeró el recién llegado – En De Nixedo, Pedro Sarvelium se infiltró entre los bárbaros que se habían escondido en el primer ataque, e intentó salvar al rey, pero no lo logró; aunque capturó al asesino.
El soberano escuchaba en silencio cada palabra de su interlocutor.
- Enrique De Realis otorgó la mano de su hija al príncipe De Nixedo y han comenzado con los planes de la boda. – soltó una risa, divertido – Pero cuando Federico recibió la noticia de la muerte de Benancio, todo quedó postergado y, sin esperar siquiera a sus hombres, partió hacia su reino.
La gruesa voz sonó con eco en aquel lugar, aunque el rey sólo habló en susurros.
- Así que el pequeño ha quedado solo, con la corona de ambos reinos. – levantando la ceja, clavó su mirada en la copa que tenía en la mano. De un sorbo tomó todo su contenido y luego la dejó caer.
- Señor, no olvide que Enrique aún es rey de De Realis – agregó el otro.
- Enrique está marchito. – espetó el soberano – El enfrentamiento con Ferrox y la paliza que recibió de Dálagot, lo han dejado hecho un harapo de lo que alguna vez fue – dejó atrás su trono, y se encaminó unos pasos por la alfombra negra que se extendía hacia la entrada -. Habrá que encargarse del heredero.
- Como ordene, mi señor – luego de una reverencia, el hombre comenzó a alejarse.
El rey, pasando por alto aquella falta de respeto, volvió a hablar, aunque con un tono de voz distinto.
- ¿Qué sabes de mi hijo? – con sus dedos examinaba el anillo de oro puro que tenía en su índice derecho - ¿Dónde está?
- No lo sé, pero podría ir por el si lo desea, señor – contestó el otro, confundido.
Otra voz, proveniente de la descendente escalera de caracol, los interrumpió en aquel preciso momento.
- No es necesario, ya estoy aquí – el príncipe caminó hacia su padre, y lo estrechó como quien abraza a un amigo que no ha visto en años.
- Firos, hijo mío – dijo el rey – siempre tan oportuno -. Volviéndose al otro visitante, ordenó: - olvida el asunto del heredero, ya puedes retirarte, encontraré la manera de sacármelo del paso.
Cuando estuvieron solos, el príncipe interrogó con real interés a su padre acerca de aquello.
- Es un problema menor ahora, - había contestado el rey – pero me temo que si crece un poco más va a darme más de un dolor de cabeza.
- ¿Quieres que actúe ahora? – sugirió Firos – no necesitas pedirlo siquiera.
- No hijo, aún les quedan movimientos que hacer, y con ellos se hundirán hasta el cuello en el barro. – explicó su padre – Debes estar atento y cerca, para actuar en caso de emergencia.
Satisfecho, al igual que su padre, el príncipe lo miró en silencio y sonrió con malicia.
- Ahora mismo me voy, entonces – al voltear para irse, su capa ondeó tras él, y mirando por sobre el hombro a su padre exclamó sonriendo: - Tengo un pantano que ahondar.
El rey vio a su hijo desaparecer escaleras arriba. Su vista se posó en la copa de cristal a pocos centímetros de su pie.
Caminó hacia ella, y con un poco de fuerza la hizo añicos.
- Bien, Benancio - exclamó – veamos si tu polluelo puede mirar al mío a los ojos, sin morir en el intento.
domingo 21 de junio de 2009
Capítulo 29: Líder Mitigado
Mientras la noche sin luna se extendía sobre su cabeza, Federico observaba desde lejos el castillo donde Luna estaba prisionera.
Recordaba el momento en que el mensajero había llegado a De Nixedo, para alertarlos sobre el inminente ataque de Fernando Ferrox, un líder rebelde que tenía miles de traidores de Sarvelium en su ejército.
Habían partido pronto, y en sólo tres días de haber llegado hasta allí, un hombre muy lastimado se cruzó en su camino. Cuando él lo vio supo que no iba a vivir mucho más, pero en sus últimos respiros, y entre borbotones de sangre que fluía de su boca, alcanzó a articular una sola palabra: - Dá...la...got – y dejando de temblar, murió.
El odio había ocupado su cuerpo desde entonces, no necesitaba ninguna prueba para comprenderlo todo: el supuesto ataque del bárbaro a sus filas de guardia, la repentina desaparición, la intromisión a los túneles subterráneos. Desechó la imagen de Oscuridad bloqueado por aquella pared, porque lo desconcertaba y perdía de una manera impresionante.
- Los dos guardias del frente serán fáciles de derrotar – dijo uno de sus hombres a su derecha.
Eso lo hizo volver a la realidad. Llevó su mano a la frente y se encontró con la corona de batalla de su padre, quien se la había puesto mientras sonreía y pronunciaba:
- Tienes que acostumbrarte a llevarlo, ya que algún día ya no estaré aquí.
Aquel momento le hacía sentir un pequeño dolor en el pecho, como melancólico. Reemplazándolo, un intenso y candente ardor en el hombro izquierdo lo hizo caer de rodillas.
En el castillo, Dálagot caminaba con la frente en alto ante los suyos y los prisioneros. Esa misma tarde había tomado a Luna como esposa, y se disponía a hacerla cumplir con todos los deberes correspondientes al matrimonio.
Lucía con descaro la corona que le había quitado a Enrique, una noche atrás.
- Por este favor te concederé un poco más de tiempo antes de morir – le había dicho -. Quiero que vivas lo suficiente para ver a tu hija llevando en su vientre a uno de mi estirpe.
Aquella idea asqueó al rey que, sin reparos, insultó al bárbaro.
- Los reyes no se hacen con coronas ni herederos a la fuerza. – escupió a sus pies – Podrás intentarlo, pero tu linaje jamás ensuciará al mío.
Lo había provocado y enfurecido a tal punto que las venas de su sien parecían a punto de explotarle.
- Mañana mismo entonces, luego del casamiento, tú y tu reina perecerán bajo el hacha de mi verdugo. – y se había retirado dando un portazo.
Pero Luna, mientras salían de la mano luego de la ceremonia, le había pedido clemencia al bárbaro.
- Haré lo que sea si les perdonas la vida. – sus palabras temblaron al salir de su boca, y su mirada estaba clavada en el suelo, con completa resignación.
Cuando él entró a la habitación, ella se miraba en un espejo de plata, con dibujos que no llegó a reconocer desde allí. Al verlo, comenzó a hacer fuerza con sus manos, como queriendo quebrarlo.
- Si quieres destruirlo sólo ponlo en mi mano – sugirió Dálagot -. No tardaré más de cinco segundos en triturarlo.
Ella se había alejado a medida que él se le acercaba.
- No pretenderás que juegue a perseguirte. – exclamó él. En su rostro se notaba cierto aire de fastidio – Ahora eres mi esposa y no podrás escaparte.
Ella ponía empeño en el espejo, pero no lograba más que agotarse. Al final, blandiéndolo como una espada exótica, señaló al bárbaro.
Él rió y se acercó con paso decidido.
Desde afuera se oyó un tumulto y ruido de espadas.
La enorme mano de Dálagot se detuvo a unos centímetros del cuello de Luna, ante aquel desconcertante hecho. Desenvainó su sable corvo y se encaminó hacia la puerta, sumamente enojado.
- ¡Qué rayos está ocurriendo! ¡Ustedes, grupo de inútiles! No pueden detener a unos simples… - se detuvo ante la imagen de sus cuatro guardias tirados en el suelo, inmóviles, en medio de un mar de sangre.
Poco más allá del fin de la mancha carmesí, un joven lo miraba con desprecio. Respiraba entrecortado, y sobre su frente tenía una corona que, tanto él como sus ancestros, conocían muy bien.
- ¡Tú! – gritó el bárbaro furioso – El retoño de Benancio, ¿qué haces aquí? ¿Cómo llegaste hasta aquí? -
Federico señaló con su espada ensangrentada los cadáveres de los guardias.
Avanzó hacia él, atravesando el pasillo lleno de sangre, como si allí no hubiera nada, sin resbalar.
Luna, al reconocer la voz de Federico, intentó acercarse a la abertura de la puerta, que Dálagot bloqueaba.
- Amor mío ¡estoy aquí! – gritó - ¡No sabes cuánto deseaba oír tu voz!
Rojo de ira, el bárbaro la golpeó con una de sus enormes manos y la arrojó contra una pared, donde quedó inmóvil e inconsciente.
- ¡Cobarde! – grito Federico al tiempo que lo embestía, arrojándolo hacia el interior de la habitación.
Ambos se pusieron de pie y comenzaron a atacarse.
- Luego de matarte disfrutaré el doble las noches de pasión con ella – exclamó el bárbaro riendo.
Federico esquivaba y atacaba certero, como si Dálagot fuese uno de los cilindros enormes de la máquina de entrenamiento.
Poco a poco se acercaron a la ventana, y de allí al balcón.
Se trenzaron en una lucha aún más descarnada, y se hirieron algunas veces.
Cuando el primer rayo de sol apareció en el horizonte, los dos por igual, abrieron muy grandes los ojos.
La espada había atravesado a Dálagot, quien había soltado su sable corvo.
Luego, el bárbaro caminó unos pasos alejándose del príncipe. Se topó con la baja pared y, sin poder evitarlo, cayó hacia la ciudadela.
Envainando su espada, satisfecho, Federico se dirigió hacia Luna y la hizo reaccionar.
Ella lo abrazó con fuerza y lloró silenciosamente mientras él sonreía.
Entonces su expresión cambió. El llanto cesó, pero sus ojos miraban un poco más arriba que los de su amado.